PASAJES BÍBLICOS
Isaías 61, 1-3
“¡El Espíritu del Señor Yavé está sobre mí! sepan que Yavé me ha ungido. Me ha enviado con un buen mensaje…”
Mateo 10, 5-7
“A estos doce envió Jesús después de instruirlos…”
Efesios 3, 7-9
"de la que he llegado a ser servidor sin mérito alguno mío, pues Dios me concedió esta gracia en el momento que su fuerza actuó en mí. A mí, el menor de todos los creyentes, se me concedió esta gracia de anunciar a los pueblos paganos la incalculable riqueza de Cristo…"
Romanos 15,15-16
“…en virtud de la gracia que me ha sido otorgada por Dios, de ser para los gentiles ministro de Cristo Jesús, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo. "
Hechos 1, 8
“pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.”
Lucas 24, 46-49
“…Vosotros sois testigos de estas cosas. Y he aquí, yo enviaré sobre vosotros la promesa de mi Padre; pero vosotros, permaneced en la ciudad hasta que seáis investidos con poder de lo alto”.
Hechos 2, 1-11
“…Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad para expresarse…”
Hechos 4, 8-12
“Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo…”
Hechos 10, 44
“Mientras Pedro aún hablaba estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban el mensaje”.
1 Corintios 2, 4-5
“Y ni mi mensaje ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”.
1 Tesalonicenses 2, 4
“sino que así como hemos sido aprobados por Dios para que se nos confiara el evangelio…”.
2 Timoteo 4, 2-5
“Predica la palabra; insiste a tiempo {y} fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos. Pero tú, sé sobrio en todas las cosas, sufre penalidades, haz el trabajo de un evangelista, cumple tu ministerio”.
Efesios 4, 11-12
“Y Él dio a algunos {el ser} apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo;”
Marcos 3, 14-15
“Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios”.
Tito 1, 3
“y manifestó a su debido tiempo su palabra por la predicación que me fue confiada conforme al mandamiento de Dios nuestro Salvador”
1 Corintios 1, 17-18
“Pues Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio, no con palabras elocuentes, para que no se haga vana la cruz de Cristo. Porque la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para nosotros los salvos es poder de Dios”.
Romanos 10, 14-15
¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: ¡CUAN HERMOSOS SON LOS PIES DE LOS QUE ANUNCIAN EL EVANGELIO DEL BIEN!
Romanos 10, 17
“Así pues, la fe viene como resultado del oír, y lo que se oye es el mensaje de Cristo”.
Como vemos en estos pasajes bíblicos, es Dios quien nos da el don de la prédica mediante su Santo Espíritu, pero también es necesaria una preparación: Jesús, envía a predicar luego de instruirlos. Si bien no todos los discípulos de Jesús eran gente preparada, pero caminaron con Él, vivieron con Él, y eso era lo que ellos transmitían a la gente (tradición apostólica: Primera sección, artículo 2 del Catecismo de Iglesia Católica # 74 al # 100).[1]
No todo está escrito en la biblia (Juan 21, 25). Pero esto ocurrió, solo después de haber recibido el Espíritu Santo, ya que ellos estaban asustados y escondidos. Un buen ejemplo de esto es la predicación de Pedro en el libro de Hechos. Después de haber sido lleno del Espíritu en Pentecostés, Pedro comenzó a predicar de las Escrituras para probar que Jesús era el Cristo. ¿Cuál fue la respuesta a la Palabra predicada en el poder del Espíritu? "Tres mil almas creyeron" (Hechos 2, 41)
Pablo, siendo un fariseo (conocedor de las escrituras), perseguidor acérrimo de los cristianos, tuvo un encuentro con Jesús camino a Damasco. Fue bautizado por Ananías, y de esta manera se convirtió al cristianismo. Siendo uno de los pilares fundamentales de la iglesia junto con Pedro. Aquí vemos como un buen predicador, necesita tener conocimiento de la Palabra, de la iglesia y de la tradición apostólica, que acompañada de la unción del Espíritu, hacen de la Palabra: “espada de doble filo…” (Hebreos 4, 12)
SANTO DOMINGO DE GUZMÁN Y LA ORDEN DE PREDICADORES
"Santo Domingo de Guzmán, fundó a los dominicos con un objetivo prioritario: predicar la Palabra de Dios. Por eso se llamó Orden de Predicadores. Para él estaba muy claro que la predicación era un carisma y, de hecho, no se permitía predicar a los frailes en los que no se discerniera una "gratia praedicationis", es decir, un carisma de predicación. Para ayudar al carisma, con el rango de medio utilísimo e indispensable, puso en la Constitución la obligación del estudio. El religioso domínico debería estudiar día y noche, en casa y de camino, en cualquier circunstancia. De esta forma, el Espíritu, al abrir la boca del fraile para predicar, le haría decir las cosas espirituales fundadas, no en una ignorancia ingenua, sino en una auténtica y sana doctrina. El problema nace cuando se apaga el carisma o no se ha encendido nunca. Entonces no hay más remedio que predicar lo que se ha estudiado, lo que sea leído en los libros, perdiendo esa palabra el carácter profético y carismático que alcanza no sólo el cerebro sino el corazón de las gentes". [2]
Santo Tomás de Aquino, dice que nadie debe aceptar el oficio de la predicación si no está ya suficientemente purgado y consolidado en la virtud. [3]
La diferencia está, según Santo Tomás, en que el sacramento no requiere la santidad del ministro, pues lo que el sacramento realiza no nos es dado por la oración de la iglesia o del ministro, sino por el mérito de la pasión de Cristo. En cambio, en la predicación, si el ministro no es testigo vital de lo que dice, queda seriamente tocada la eficacia de la Palabra. [4]
Hasta la edad media el oficio de la predicación era ejercido únicamente por los obispos. El derecho a la Palabra les pertenecía por transmisión apostólica. Fuera de ellos sólo podían predicar sus delegados y siempre con credenciales y delegación expresa. En un momento dado la urgencia de la predicación se hizo apremiante porque brotaron por doquier sectas, que predicaban la Palabra fuera de la obediencia de la Iglesia. Los albigenses, cátaros y valdenses introdujeron un grave desconcierto en el pueblo cristiano. Por otra parte, la palabra de los herejes estaba afirmada con radicalismos en la pobreza y en el modo de vivir. La actitud era fundamentalista y fanática pero llegaba al pueblo, en contraste con la fría y aburguesada predicación de los delegados diocesanos.[5]
Domingo, en un momento dado, se enfrentó con sus propios compañeros y denunció sus riquezas, su boato, sus caballerías. Les conminó a aceptar una predicación semejante a la de los apóstoles, a pie y en pobreza. Visto su escaso éxito, comenzó a predicar de esta manera por su cuenta. Al cabo de unos años de testimonio y perseverancia, reunidos unos cuantos compañeros logró que Roma aprobara la primera Orden de Predicadores con derecho a predicar en la iglesia entera sin las trabas dogmáticas y burocráticas que cada diócesis ejercía. Este fue el mejor logro y la mayor originalidad de Santo Domingo. Desde ese momento la predicación se convirtió en una realidad fecunda dentro de la vida de la iglesia.[6]
De este modo los primeros dominicos predicadores significaron una fuerte sacudida del Espíritu en orden a la Palabra.
Este carisma de predicación, junto con la pobreza de los franciscanos, brote coetáneo suscitado igualmente por el Espíritu, robaron a los herejes, toda legitimidad evangélica, vaciaron sus contenidos de denuncia y acabaron en menos de un siglo con las tres sectas heréticas.[7]